10 IMPRESCINDIBLES PARA QUE TUS HIJOS CONFIEN EN TI

10 IMPRESCINDIBLES PARA QUE TUS HIJOS CONFIEN EN TI

Una de las grandes preocupaciones de una madre o padre es que sus hijos confíen en ellos cuando sean mayores y se abran al mundo fuera del hogar, cuando pasan por una preadolescencia y adolescencia desconectada de la familia y conectada con sus iguales. Esta situación preocupa porque los padres pierden el control de una parte de la vida de sus hijos y no saben con qué se encuentran ahí fuera. Esta preocupación no sería tal si desde muy pequeños se promoviera la confianza en el hogar. Hoy voy a enseñarte a hacerlo.

Para que los hijos confíen en los padres debe darse una premisa: que los niños lleguen a la adolescencia con la suficiente confianza como para compartir con sus progenitores todo lo bueno y lo malo que pueda pasarle, por muy negativo que pueda parecerte. ¿Qué prefieres, que tu hijo confíe más en otras personas que en ti o que pueda contártelo todo para poder ayudarle o enseñarle a gestionar sus problemas?

He recogido 10 claves para que tus hijos empiecen a confiar en ti desde ya mismo, cuanto más pequeño sea el niño, mejor para ir integrando esta confianza y provocar que el niño mismo venga a ti para confiarte sus más preciados secretos. Vamos allá:

1. No reñirles ni corregirles desde el autoritarismo

A nadie le gusta que le recriminen lo que hace, esté bien hecho o no. A un niño mucho menos. Si cogemos la costumbre de corregir a un niño cada vez que no hace algo como se espera (que serán muchísimas veces) corremos el riesgo de que el niño no quiera ni que estemos presentes en sus logros o fracasos. En lugar de eso, podemos potenciar lo que SI hacen bien y de refilón, comentar lo que opinas, siempre desde la comprensión y el entendimiento. 

Pongamos un ejemplo: Tu hijo está haciendo los deberes y ves que ha hecho mal casi toda la hoja de ejercicios. En lugar de decirle que está mal, que se concentre, que no debería despistarse, que lo haga bien o mejor… Podemos recordarle lo bueno que es cuando se pone a ello, lo bien que lo gestiona cuando está concentrado, la confianza que tienes en él en hacerlo bien, que lo consideras potente y exitoso y si quiere que tú le prestes ayuda. Cuando tu hijo se cría en un entorno que potencia sus cualidades en lugar de sus limitaciones, crece confiando, no sólo en tus padres si no en la sociedad en general y sobretodo y más importante: en él mismo. 

2. No dar sermones

Una vez más ¿a quién le gusta que le sermoneen? Las personas desconectan de su emisor (persona que le habla) en el momento en el que este solo quiere opinar sin tener en cuenta sus sentimientos, personalidad, carácter, necesidades e intereses. Los sermones solo sirven para que quien los da, se desahogue, no educan ni conectan a las personas que conversan, de hecho no es una conversación sino un monólogo. Si quieres que tu hijo te escuche, evita los sermones y asegúrate de que es una conversación de igual a igual, con descansos entre vosotros y permitiendo que cada uno diga la suya.

3. No hacerles sentir culpables

La culpabilidad no educa en absoluto, solo hace sentir mal a la persona que se siente culpable, pero no ayuda a mejorar o cambiar una conducta, sino que hace que esa conducta no se repita o se repriman sentimientos. En lugar de hacer sentir culpables a los niños haz que se sientan responsables de sus actos y comportamientos, preguntándoles que les parece lo que ha pasado, cómo se han sentido, cómo pueden hacer las cosas mejor. Si empiezas a culpar a los niños de pequeños, olvídate de tener en casa a un adolescente con ganas de conversar.

4. Practicar la escucha activa y las preguntas abiertas

Cuando le comunicas a alguien lo que no te parece bien debes tener en cuenta a esa persona, mirarla a la cara, darle tiempo a responder, dejar espacios de silencio para pensar. La escucha activa es todo lo contrario a dar sermones. Supone escuchar por el placer de escuchar, solo para que la persona que te habla te explique sus problemas sin esperar a dar tu opinión. Normalmente solemos tener ganas de que la persona que habla acabe ya para dar nuestro punto de vista, pero los niños y sobretodo los adolescentes, solo quieren ser escuchados y ya encontrarás el momento para comentarle lo que tu opinas, pero mientras se desahogan de sus problemas, simplemente ESCUCHA.

Haz preguntas abiertas que den respuestas abiertas, una pregunta cerrada sería “¿Te has hecho daño?” ya que la respuesta sería un SI o un NO, pero si la hacemos abierta “¿Cómo te has hecho daño?” la respuesta será más larga y nos dará más información para ayudar a nuestros hijos.

5. Empatizar con su causa

Un “Lo entiendo, aunque no lo comparto” puede ser muy potente. Sus causas son sus causas, lícitas e igual de importantes que las tuyas propias, no menosdesprecies los motivos que llevan a tus hijos a tomar decisiones, a no ser que peligre su salud, integridad física, etc. 

Que los niños se den cuenta de sus errores también ayuda a que confien en ti al ver que les das la oportunidad de equivocarse, y aún así debes estar cuando fracasen para recordarles que nos caemos para aprender a levantarnos en lugar de hacerles sentir mal por no haber hecho caso a tus consejos. Los comentarios tipo “ya te lo dije” solo alejarán a tus hijos de ti.

6. Compartir con ellos sus intereses y los tuyos

Juega a sus sus juegos favoritos, acompáñales al partido…e invítales a que vengan contigo a tus eventos. No se trata de obligar si el niño no lo desea, se trata de hacerle ver que cuentas con él. Buscad intereses comunes para compartir lo que os guste y pasa tiempo exclusivo con cada hijo y los intereses comunes, para que vean que son especiales.

7. No juzgar ni reprochar

Cuando pones en juicio lo que hacen los demás te arriesgas a que se alejen de ti o no compartan según que momentos. Imagínate lo que ocurre con un hijo. Guárdate los juicios y reproches para ti misma para aprender y evita que tus hijos te vean como una madre o padre que siempre está esperando el momento para recordarte lo que has hecho mal o poner en duda sus acciones. Opinar desde el entendimiento para ayudar no es lo mismo que juzgar, los niños no van a verlo como algo positivo y huirán lejos de las personas que los juzgan (posiblemente como haces tu).

8. Respetar su espacio e intimidad

Es importante saber que las personas tenemos secretos, y que tenemos derecho a no contarlos. Presionar a los niños y adolescentes para que nos cuenten según que cosas solo hará que hablen cada vez menos. Algo tan sencillo como no entrar continuamente en sus habitaciones (cuando piden intimidad ya en la preadolescencia, no cuando son niños), puede marcar la diferencia entre “te respeto” y “no te respeto”, con la exploración del propio cuerpo para igual, los niños necesitan estar con ellos mismos, conocerse físicamente. 

Evidentemente el niño o adolescente debe tener un espacio propio para sus cosas y poder aislarse del resto de la familia. En la adolescencia verás la desconexión más importante de la vida de una persona. Si hacemos las cosas con cariño y bien, los hijos vuelven, no lo dudes.

9. Compartir tus propios sentimientos para enseñar a compartirlos

No solo es imprescindible que los niños desde muy pequeños puedan expresar sus emociones, sean las que sean sin ser juzgadas ni reprimidas, también lo es que las vean, las sientan, al ver por ejemplo a su madre llorando o enfadada. De este modo cuando tu hijo esté triste por algo no tendrá reparos en mostrarlo y podrás ayudarle mucho mejor. Así que si lloras, no te escondas, hazlo delante de tus hijos, que te preguntarán que qué te pasa y podrás tener con ellos un momento de conexión esencial.

10. Pedir su opinión para las decisiones en el hogar

Gestionar un hogar juntos, en familia, es una de las mejores formas de mantener una confianza plena en tus hijos y que se sientan parte íntegra de la familia, uno más de verdad. Por eso siempre que toméis decisiones en casa: de que color pintar la pared, donde ir de vacaciones, qué ropa ponerse, etc. ten en cuenta su opinión y que se hagan las cosas con el hijo quiere de vez en cuando, que parte del hogar tenga algo suyo, decidido por él.

Todo esto es un proceso, paulatino, en el que estás regando y abonando una plantita (tus hijos) con mimo y cariño, para mantener una familia unida, vinculada por la confianza y el respeto. ¡Empieza hoy mismo!

Mo Queralt

CÓMO PLANIFICAR UN VERANO SIN CONFLICTOS

CÓMO PLANIFICAR UN VERANO SIN CONFLICTOS

Aunque te parezca casi imposible, la mayoría de conflictos desagradables que tenemos pueden prevenirse, solo hace falta trabajar en ello un tiempo y empezar con una buena base. ¿No te pasa que intentas no tener conflictos con tus hijos pero continuamente caes en lo mismo? ¿No tienes la sensación de que muchas de esas situaciones se vuelven más difíciles de gestionar con el tiempo? ¿Crees que lo has probado todo pero cuando reflexionas te das cuenta de que haces exactamente lo mismo pero de otra forma?

Con una buena planificación podràs reducir gran cantidad de conflictos y tener un verano tranquilo para poder disfrutar de la familia al completo. Para mi el verano, justo cuando acaban el colegio, es la época perfecta para hacer balance, bajar el ritmo de las exigencias (rutinas muy marcadas, horarios para ir a dormir, ducha-cena-cuento a toda prisa…) y revisar qué situaciones son insostenibles y cómo mejorarlas.

Con la planificación de hoy espero puedas llegar a septiembre con unos objetivos a cumplir muy claros y medio camino recorrido en cuanto a ensayo-error con las estrategias probadas, si cambias todo lo que no os hace sentir bien y felices en familia, os ayudará a crecer y evolucionar.

Piensa una cosa: si quieres ver resultados distintos debes hacer las cosas de forma distinta; repitiendo patrones que sabes que NO funcionan, solo hará que te frustres y la situación empeore con los años.

Te voy a ayudar a encontrar la fórmula que te vaya bien para ti y tu familia y planificar con éxito el verano con tus hijos y pareja.

Antes me gustaría que leyeras algunos artículos que escribí donde explica lo que NO se debe hacer si quieres que funcione lo que planificarás, ya que hay conductas de los adultos que, lejos de mejorar la relación con los niños más bien la empeoran.

Gestionamos mal las emociones de los niños

Las 5 claves para criar en armonía

Cómo cambiar las conductas indeseadas de los niños

El niño obediente, la víctima perfecta

Enseñando con el premio-castigo

Lo que nunca les digo a mis hijos

Para planificar el verano en cuanto a la gestión de conflictos primero debes contestar varias preguntas que te encaminarán a tus objetivos, te adjunto una plantilla imprimible para que puedas escribir directamente ahí lo que viene a continuación:

  • ¿Qué quieres cambiar y por qué? No se trata de intentar cambiar la personalidad o el carácter de nuestros hijos, si no las situaciones que nos provocan conflicto – que deje la mochila en el pasillo, que grite, que pegue, que salte en el sofá, que rompa cosas, que tenga rabietas en público…puedes pedir lo que desees pero con la reflexión de pensar si ese comportamientos puede ser cambiado, por ejemplo, podemos desear que no tenga rabietas cuando vayáis a un centro comercial -cosa imposible porque es vital que las viva- pero podríamos evitar pasar por el pasillo de los juguetes la próxima vez.
  • ¿Qué has probado? Qué acciones, estrategias, etc. has probado para cambiar las situaciones que provocan malestar.
  • ¿Qué ha funcionado y porqué crees que ha funcionado? De todas esas estrategias pregúntate cuáles han funcionado y sobre todo: si las que han funcionado no han supuesto una situación de estrés, es decir, puede que te funcione pegar un grito (pegar, amenazar, etc.) para que hagan lo que quieres, pero ¿eso es saludable para ambos?
  • ¿Qué no ha funcionado y sobre todo por qué crees que no ha funcionado? Haz una lista de todas las estrategias que has utilizado que te da la sensación de que no han ido bien para gestionar o reducir los conflictos y por qué te hace pensar que no han funcionado
  • ¿Qué nuevas estrategias saludables, donde todos salgamos ganando, puedo utilizar? Y a partir de aquí buscar recursos -si no acabas de encontrarlos, yo puedo ayudarte- e ir probándolos para descartar lo que mejor os conviene o no.

Márcate objetivos asumibles a corto plazo, piensa que la gran parte del éxito depende de los adultos, no de los niños, y debes ser tú quien ponga mayor parte de su tiempo y dedicación, los niños cambiarán prácticamente solos. Por ejemplo puedes pedirte:

  • Dejar de gritar para pedir las cosas. Piensa en cómo te diriges a tus hijos cuando la paciencia empieza a menguar, si gritas a la tercera vez que repites el mensaje o por el contrario optas por hacerlo a la primera para conseguir tu objetivo. Y cada vez que tengas la necesidad de gritar, párate un momento a pensar: ¿Funciona realmente? ¿consigo lo que quiero de verdad y a largo plazo? ¿cómo me hace sentir a mi actuar así, me sienta bien, me siento orgullosa/o de esa conducta?

No te marques más de 5 objetivos en un mes, será muy difícil de llevar a cabo y la frustración crecerá.

Cuando nos damos cuenta como padres que en casa la convivencia nos proporciona más malestar que felicidad es hora de preguntarse qué estamos haciendo para que seguir perpetuando esa situación y unas de las reflexiones más importantes que debes hacerte es que los niños no son los responsables de dichos cambios, ya que su capacidad de resolución es limitada y no tienes las herramientas ni los recursos para llevar a cabo según qué acciones. Somos los adultos los responsables del cuidado y salud mental de los niños, no hay más. 

Cuando tengamos nuestros objetivos asumibles viene la parte más importante pero a la vez la más complicada, que nos dará muy buenos resultados: ¿Qué vamos a hacer para cumplir nuestros objetivos?

Coge cada unos de los objetivos que te has propuesto conseguir y apunta que piensas hacer para llegar a ellos, que estrategias, que gestiones, que conductas o acciones harán que los consigas, siempre pensando en el bienestar de toda la familia. 

Si te satura el tema o te ves perdido/a en esto, yo puedo ayudarte a encontrar muchos recursos para cada situación en la que te encuentres ¡No dudes en preguntarme!

Mo Queralt

“¡QUÉ VIENE EL LOBO!” CONSECUENCIAS DE CONTROLAR A LOS NIÑOS A TRAVÉS DEL MIEDO

“¡QUÉ VIENE EL LOBO!” CONSECUENCIAS DE CONTROLAR A LOS NIÑOS A TRAVÉS DEL MIEDO

Recuerdo claramente cuando me quedaba a dormir en casa de mi abuela. Si no quería ir a la cama ella me acompañaba y me decía después de darme un beso en la frente “Si no te duermes vendrá el Coco y te comerá”. Mi abuela era un encanto de mujer, pero ¿Cómo se supone que debía dormirme pensando en que vendría un tal Coco y me comería? ¿Cómo podía pensar mi abuela que sería una buena idea decirme eso para que yo descansara bien y quisiera volver a su casa otro día?

Los niños tiene miedos, eso todo el mundo lo sabe. Los adultos tenemos miedos. Eso también se sabe. Lo que tal vez no se sepa es que hay dos clases de miedos: los miedos evolutivos y los miedos aprendidos.

El miedo y como lo gestiona el niño

El miedo es una emoción básica y vital para la supervivencia porque nos avisa de que algo no va bien y de que se debe actuar para no correr un riesgo. Tener miedo al fuego es necesario para no quemarnos, ¿cierto?

Pero sobre los miedos infantiles todo es un poco más complejo, sobre todo si lo dificultamos los adultos al intentar educar con el miedo. Los miedos evolutivos los aprendemos de las experiencias vividas de niños, no provocadas por el adulto o a sabiendas y los miedos infundados o aprendidos los aprendemos (valga la redundancia) por los adultos con intención que provocar en el niño una reacción o el cambio de una conducta.

El niño vive la experiencia del miedo evolutivo de una forma natural y sin exageraciones, suele pasar rápido y no deja rastro de trauma si no intervenimos mucho. Por ejemplo cuando nuestro hijo pasa cerca de una valla y un perro ladra fuerte, el niño se asusta y viene llorando a nuestro lado pidiendo brazos. Aquí podemos reaccionar de varias maneras, la más adecuada es abrazarle si lo desea, permitir que llore y se exprese y explicarle tranquilamente que los perros ladran, que este lo hacía para proteger su casa y que es normal que se asuste.

El niño, dependiendo de su edad nos irá recordando la situación vivida para irla gestionando mentalmente “mama, el perro ha ladrado, ¿verdad?”, “papa, tengo miedo del perro!”, “mama, el perro era grande y negro y me ha asustado”, etc., etc. y nosotros solo debemos asentir, escuchar y explicar si lo vemos necesario, la situación vivida “si hijo, el perro te la ladrado, ¿te ha dado miedo? Es normal tener miedo, ¿el perro era muy grande? ¿Cómo de grande era?”…y comentar la situación hasta que el niño vaya paliando los efectos del susto y pueda calmarse. El miedo permite al niño entender su entorno, entender el mundo y valorar según su criterio lo que debe ser temido para sobrevivir.

Pero cuando el miedo es aprendido o infundado, el aprendizaje puede acompañar al niño durante toda una vida y lo peor es que ese miedo se lo transmitirá después a sus propios hijos e irá perpetuándolo.

Puede que la frase del título no la hayas dicho nunca y te parezca muy dura, pero a los niños les decimos otras más sutiles aunque igual de peligrosas, pensando que podría ser por su bien o para conseguir algo de él. Cuando queremos que no salga corriendo solo, que no se suba a una estantería, que no salte encima del sofá, que se lo coma todo…hemos oído o dicho frases como estas:

  • No toques al perro que te va a morder
  • No subas ahí que te caerás
  • No cruces que te atropellará un coche
  • No saltes en el sofá que te romperás algo
  • Si no comes te quedarás pequeño

Estas frases a menudo las oyen los niños de personas que les quieren y que se supone quieren lo mejor para ellos, pero mentirles -ya que esas afirmaciones tampoco son ciertas- crea en el niño un miedo irreal que no sabrá gestionar más adelante.

El niño asustado, como actúa

El niño asustado que tiene miedos evolutivos que van desapareciendo con la edad o con nuevas experiencias agradables, le dedicará un tiempo a su miedo hasta dominarlo (como el ejemplo del perro que ladraba), pero cuando el niño vive un miedo aprendido puede grabarse y perdurar en el tiempo si no se ha tratado correctamente. Ese niño no podrá llevar una vida normal, ya que ese o esos miedos le impedirán conseguir objetivos concretos. Pongamos el mismo ejemplo del perro que ladraba y dos opciones que pueden provocar un trauma en el niño. En la misma situación en que le ladra el perro al niño:

  1. Nosotros corremos igual o más asustados hacia el niño, gritando, lo cogemos en brazos y mientras llora asustado le decimos “nunca te acerques a un perro! Son malos, muerden, te pueden hacer daño!”, si exageramos la situación estamos plantando una semilla de terror en el niño que se irá regando cuando pase delante de otros perros y su madre/padre le vuelva a recordar “no toques al perro que muerde, recuerdas como te ladró aquel perro?”
  2. Cuando el niño viene corriendo hacia nosotros asustado le decimos “bah! Que no da miedo, no te asustes, solo es un perro, los niños mayores no se asustan…” estamos menospreciando sus sentimientos y emociones y el miedo no desaparecerá.

En estos casos, puede que el niño, más mayor, evite pasar por esa calle, evite caminar cerca de los perros, no pueda estar en casa de alguien que tenga perro, no pueda tener su propio perro, etc.

El niño que tiene miedos puede actuar alargando la angustia de separación, minando su autoestima al no verse capaz de enfrentarse al miedo, le costará más independizarse y ser autónomo, necesitará tener un adulto cerca para sentirse seguro en un entorno que ya lo sería –si no hubiéramos infundado el miedo-, de mayor tendrá miedo de cosas o situaciones que ya no tendrían que dar miedo y transmitirá a sus hermanos menores y a sus propios hijos los mismos miedos.

Consecuencias ¿Qué conseguimos realmente metiendo miedo a los niños?

  • Que el niño sienta odio hacia él mismo. Lo contrario del amor no es el odio, si no el miedo. Los adultos podemos corromper esa emoción desagradable cuando la transmitimos de una forma insana y además si el niño siente miedo de cosas o situaciones que ciertamente no debe temer, puede llegar a odiarse a él mismo por sentirse así y no saber cómo controlarlo.  
  • Perpetuar los miedos a sus propios hijos. Cómo hemos dicho más arriba, si tememos a los perros pensaremos que son peligrosos y cuando seamos madres o padres tendremos miedo a que nuestros hijos se acerquen a los perros, por ende les transmitiremos ese miedo a no ser que lo trabajemos en nosotros mismos.

En este caso puedo decir que mi madre les tiene pánico a los perros (a estas alturas podéis imaginar porqué) pero ella, aunque a veces no podía evitar ponerse tensa frente a un perro grande cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, nunca nos transmitió ese miedo llegando incluso a decirnos que ella sí tenía miedo pero que los perros eran buenos y que solo debíamos acercarnos con cuidado, preguntando al dueño si podíamos tocarlo. De hecho tuvimos perro siempre en casa. Mi madre trabajó sus propios miedos para evitar pasarnos ese trauma. Le estoy tremendamente agradecida por ello.

  • No poder llevar una vida normal. Podemos transmitir miedos muy diversos. Conozco personas que son incapaces de meterse en el mar, aunque sea acercarse a la orilla, por miedo a ahogarse, personas que no pueden ir en coche por miedo a tener un accidente, personas que no pueden subirse a un ascensor por miedo a quedarse encerrados…Es cierto que estos pueden ser miedos evolutivos en los niños: si han vivido un accidente de tráfico pueden tener miedo a subir al coche. Pero cuando perduran en el tiempo y no se superan es cuando ese miedo se convierte en un problema y debemos plantearnos acudir a un especialista si no sabemos gestionarlo nosotros.
  • Tener una regresión. Los niños que sufren alguna situación de miedo pueden, durante un tiempo, vivir situaciones ya superadas, como volver a hacerse pis si ya dominaba el control de esfínteres, querer dormir con los progenitores otra vez si ya dormía solo, tener conductas infantiles para que le atiendan, etc. En definitiva podemos ver conductas o comportamientos que parecen no tener relación con el miedo vivido.
  • Mermar la capacidad de gestionar los conflictos. Cuando le decimos a un niño “esto es peligroso” nos cree y si vamos “en su ayuda” cuando vemos que intenta subirse a una silla y le decimos que se va a caer, el niño cree que no es capaz de solucionar ese problema, sin saber muy bien porqué (pero como lo dice mama…)
  • Disminuir su autoestima. Cuando el niño tiene miedo, está sintiendo inseguridad, cuando enseñamos miedo a algo que no ha venido de una forma natural y “le salvamos de la situación” le estoy diciendo que no puedo confiar en él para enfrentarse al conflicto. Cómo decíamos antes: afecta a su autoestima.

Cómo quitar el miedo o tratar el trauma si ya está hecho

Para poder ayudar a nuestros hijos a superar sus miedos, sean evolutivos o aprendidos, podemos hacer un montón de cosas:

  1. Evitar las frases prohibidas:
  • Eso no da miedo
  • No tengas miedo, no te asustes, no llores, no te enfades, o sea: NO SIENTAS
  • Tienes que ser valiente, los niños valientes no tienen miedo (esta frase es curiosa, ser valiente no es NO tener miedo, si no tenerlo pero enfrentarse igual al miedo; es muy diferente lo que solemos transmitir)
  • No seas pequeño o los niños mayores no se asustan
  • etc.
  1. Que los niños puedan poco a poco enfrentarse a los miedos

Pasar cerca de la valla del perro que ladra con normalidad o verlo a lo lejos, ir a conocer un cachorro o perros muy tranquilos de familiares o amigos…

Provocar las situaciones de una forma paulatina y con cariño, sin forzar la situación, por ejemplo si a tu hijo le da miedo la oscuridad no hace falta dejar la luz abierta pero podemos proponer una lamparita o la luz del pasillo.

  1. No menospreciar al niño ni avergonzarlo de lo que tema, sea lo que sea

Muchos niños tienen miedo de cosas o situaciones que no entendemos (he visto niños entrar en pánico al ver ondear una bandera…), para nosotros será una tontería, para el niño –depende de cómo se gestione- puede ser el principio de un trauma que perdure.

  1. No transmitir nuestros propios miedos

Puede parecer difícil, pero debemos trabajar en nuestros propios miedos para no pasárselos a nuestros hijos, sobre todo si detectamos que son infundados o aprendidos. Intentemos dar ejemplo para darles un modelo de superación que imitar. 

  1. Enseñarles a ser prudentes no temerosos

No es lo mismo tener miedo que tener prudencia. Enseñarles a tener miedo de las personas, los animales, las situaciones peligrosas, etc. les hará huir del conflicto sin parase a pensar y analizar cómo resolverlo.

  1. Encontrar el motivo o la causa que produce el miedo

Intenta descubrir a qué, cómo, cuándo, dónde… si conocemos la raíz podremos trabajar en ello con el niño y mostrarle, poco a poco que no debe temer a esa situación.

  1. Elevar su autoestima

Con tareas significativas en casa, promover su autonomía, actividades o tareas sencillas que tengan un éxito asegurado para elevar su seguridad y confianza y cuando se las ofrezcamos podemos verbalizarlo: “Confío en ti, se que puedes hacerlo, tu eres capaz…”

  1. Hablar de los miedos si el niño quiere

Escuchar cómo se siente, qué emociones le provoca, cómo dormirá mejor, qué necesita para sentirse bien, etc. Igualmente evitaremos hablar del miedo si el niño no quiere tanto como las situaciones que estén relacionadas.

  1. No decirle mentiras para evitar los miedos

Podemos maquillar un poco la información si la verdad no iba a entenderla, pero mentirles diciéndoles que el perro no le ladrará si se pasa por la valla para hacer ir al niño, puede empeorar la situación.

  1. Compartir con ellos momentos de calma

Intentar pasar momentos de tranquilidad, música relajante, meditación, cocinar…en definitiva que haga cosas que le hagan sentir muy bien, de esta forma enseñaremos formas de relajarse para cuando se encuentre en la situación de conflicto con su miedo.

  1. Darle un toque humorístico al miedo

Una terapia muy efectiva es transformar los aspectos más aterradores de su miedo mediante dibujos, caricaturas….A los actores que tienen pánico escénico muchas veces se les recomienda imaginarse al público desnudo.

Si acompañamos los miedos con calma, comprensión y cariño, desaparecerán sin dejar rastro, si no, nos arriesgamos a meter ese miedo en nuestros hijos para siempre. Es nuestra responsabilidad como padres preocuparnos por hacerlo correctamente.

Mo Queralt

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7 CONSEJOS PARA AYUDAR A DORMIR MEJOR A LOS NIÑOS

7 CONSEJOS PARA AYUDAR A DORMIR MEJOR A LOS NIÑOS

 

Las dudas sobre sueño infantil es una de las consultas más actuales y demandadas. Los bebés y niños pequeños no duermen como los adultos, tienen ritmos diferentes, fases diferentes y necesidades diferentes por lo menos hasta los 6 años, ya que el sueño del niño no será como el del adulto en cuanto a las mismas características hasta entonces.

Entender el sueño infantil es entender sus necesidades para poder adaptarse a los ritmos de los niños y no para que los niños se adapten al de los adultos (ya que tiene sus propias consecuencias forzar una necesidad fisiológica tan importante). Pero aun así, hay varios factores que pueden mejorar o empeorar el sueño de los niños dependiendo de cómo se gestionen.

Para facilitar el sueño infantil he recogido varias recomendaciones que pueden ayudar a las familias a mejorar los descansos nocturnos:

1. La hora de irse a dormir debe ser agradable

Ir a dormir no puede ser estresante, si lo aprenden así, ir a dormir será un suplicio día tras día. Sobre todo a la edad de 1 a dos años  que es cuando verdaderamente empiezan a guardar recuerdos agradables y positivos de experiencias vividas, y ya manifiestan miedos y temores.

Cuando los llevemos a dormir nos pedirá cosas que tal vez no necesita para tener lo que necesita (a nosotros): agua, pipi,…si ya hemos hecho la transición a su habitación a dormir solos sin que ellos quieran.

La hora de ir a dormir siempre debe ser uno de los mejores momentos del día. Podemos prepararla bien, con cariño, con los niños participando en todas las actividades (poner el pijama, preparar ropa para mañana, preparar el baño, elegir que juguetes utilizar, preparar la cena juntos, poner la mesa, jugar con los padres…) y las rutinas que hagamos.

2. Mantener la calma y estar relajados

Una petición a veces complicada para las familias…llegamos cansados del trabajo y falta hacer la cena, las duchas de los niños, juegos que nos pedirán, un posible masaje y un cuento o dos o tres o cuatro para ir a dormir. Tomarlo con calma y cariño reduce nuestro estrés y el del niño. Si tenemos en cuenta que una rutina para preparar el sueño ya debería hacerse una o dos horas antes de ir a dormir, debemos organizar muy bien este espacio de tiempo para facilitarnos las cosas y hacer ver al niño que ir a dormir es positivo. En definitiva, nuestro estado de ánimo por suerte o por desgracia influye en los niños y sus necesidades vitales.

3. Reconocer señales de sueño

¡Este consejo ha salvado más de una vida adulta! Muchas familias no se dan cuenta de que poner a dormir al niño cuando su cuerpo lo pide es casi un éxito asegurado. Dependiendo de la edad, los niños presentan varias señales que nos dicen “tengo sueño” y si encima detectamos la hora en que suelen hacerlo cada día, podemos adelantarnos y ponerlos a dormir un poco antes.

De los 0 a los 3 meses las señales son claras: si el bebé está alimentado, limpio, no le duele nada y su necesidad de contacto y apego está cubierta (¡difícil de saber!) si llora podría tener sueño. Llega un punto en la crianza que puedes reconocer el llanto de tu bebé y sus gestos característicos y poder decir sin dudas “llora porque tiene hambre” o sueño, etc. Es aconsejable no taparlos en exceso, pueden despertarse por el calor: un bebé no debe sudar, aumenta el riesgo de Muerte Súbita. Y aunque no te lo parezca, tu bebé de esta edad ya tiene más o menos un patrón para dormir de unas horas al día, descúbrelo y ponlo a dormir un poquito antes para evitar el lloro por sueño y pasarse de rosca, ya sabéis que dormirle después de eso….puede ser un suplicio!

De los 4 a los 7 meses no cambia mucho, pero aparecen las crisis de crecimiento, de lactancia, la alimentación complementaria…y todo esto puede dificultar el sueño. Las señales de sueño suelen ser: reducir la actividad física, los bostezos, frotarse los ojos, arquearse al cogerlo o mantenerlo en brazos…como con la edad anterior, si se pone a dormir un poco antes, podemos comprobar que es más fácil dormirle.

Tener en cuenta también la sobreestimulación, a esta edad los bebés empiezan a tener mucho interés por el mundo adulto y hay situaciones que dificultan el sueño. Una forma de reducir ese impacto visual y auditivo es alimentarlo en un lugar tranquilo si la intención es darle pecho o biberón para dormirle.

A esta edad mucha gente suele proponer eliminar las siestas para que el bebé duerma mejor de noche. Es un mito muy extendido, de hecho dormirá peor, el descanso diurno es tan importante como el descanso nocturno, evitaremos despertarles en lo posible de las siestas.

De los 8 a los 12 meses pasan por una serie de hitos evolutivos y madurativos que una vez más dificultan el sueño: salida de dientes, crisis de lactancia, la angustia por separación, gateo y/o caminar, empezar a hablar, reconocimiento de la emoción del miedo, destete nocturno por consejos ajenos….todo esto, si se junta puede ser angustioso.

Permitir que practiquen cuando se despiertan a media noche, es la mejor forma de volver a dormirse.

La siesta sigue siendo primordial para propiciar un buen sueño nocturno.

De 1 a 2 años se añaden nuevos hitos evolutivos como el correr, caminar con más destreza, sus primeras rabietas…no ayudarán a dormir mejor. A esta edad las señales son como en la edad anterior con alguna añadida: reducen actividad (puedes verlos tumbados en el suelo sin hacer nada), bostezos, frotarse los ojitos, perder el equilibrio al caminar o jugando y se vuelve un poco más torpe (chocar sutilmente con un mueble), incluso puede decirte directamente “tengo sueño”.

Cuando se omiten las señales de sueño y no se pone a dormir al niño, en un rato parecerá de todo menos sueño: irritabilidad, lloros, mal humor, negarse a llevarlo a dormir…

4. Rutinas: las mismas

Por eso se llaman rutinas, porque hacemos lo mismo a la misma hora. Dentro de cierta flexibilidad (ya que el fin de semana seguramente no se siguen las mismas: ni se come ni se duerme a las mismas horas y no digamos ya por vacaciones o fechas especiales. Las rutinas sí, pero con calma, coherencia y flexibilidad.

Cada familia debe encontrar la rutina que le funcione. Yo empecé por ducha-masaje-cuento y mi hija se activaba muchísimo, pasamos esa rutina a las mañanas y por las noches cambiamos la forma de gestionarlo.

Las rutinas reducen la ansiedad para ir a dormir porque le dice al niño lo que toca hacer, lo que pasará en cada momento y esta sensación de seguridad ayuda a conciliar el sueño.

5. La cena es importante

Los alimentos que contienen triptófano ayudan a dormir mejor, ya que este neurotransmisor libera serotonina, una hormona que reduce el flujo sanguíneo y la actividad cerebral y por lo tanto relaja.

Plátano, piña, frutas y verduras crudas, aguacate, legumbre, alimentos ricos en calcio, los frutos secos, lo que lleve vitamina B (pollo, pescado, huevo, patatas,) contiene triptófano y si todo esto lo mezclamos con hidratos de carbono (pasta, pan, etc.) el triptófano aumenta. Por esto mismo una cena con un trozo de pollo y media patata hervida propiciará mejor el sueño que solo cenar pollo. Una dieta equilibrada con varios alimentos en la misma comida ya de por sí es más saludable que un solo alimento. Cuando una comida se compone de gran cantidad de verdura, una parte de proteína y un poco de hidrato, está equilibrada y supone una mejor digestión.

Tengamos en cuenta también lo que consumen los niños durante la tarde, que condicionará su sueño esa misma noche (procesados, ultraprocesados, azúcares, etc.)

6. Reducir y temporizar el uso de pantallas

Dos horas antes de ir a dormir, no deberíamos facilitar el uso de pantallas. Altera, estimula, excita y no permite explorar, imaginar, imitar ni jugar, que es precisamente lo que cansa el cerebro para dormir mejor. Intentar pasar la tarde o espacios de tiempo en parques o lugares donde el niño pueda moverse libremente, subir, bajar, trepar, agacharse, etc. Podemos jugar con los niños a actividades que agoten intelectualmente, como hacer puzles y evitamos juegos estimulantes o cuentos con argumentos muy activos.

7. No administrar medicación

Está de moda (espero que sea una moda pasajera y rápida) de administrar antihistamínicos u hormonas a los niños para que duerman “mejor” o como nos dicen que deberían dormir: del tirón y 12 horas seguidas.

Los antihistamínicos tienen un efecto sedante y como parecen inocuos los profesionales de la salud los recomiendan. Además la melatonina, hormona que induce al sueño pero que no impide que el niño se despierte durante la noche, está a la orden del día. Estas modas son peligrosas, cambian procesos naturales y dificultan los patrones de sueño, muchas veces confundiendo al cuerpo.

Si se pueden seguir varios de estos consejos, la situación con el sueño de los niños puede mejorar y por ende la de los padres, ya que la falta de sueño nos produce cambios de humor que no ayudan en la crianza de nuestros hijos.

Con el sueño infantil sobre todo necesitamos paciencia, es un proceso madurativo que no se puede acelerar y un día u otro el niño dormirá bien.

Mo Queralt

EL ARTE DE APRENDER JUGANDO

EL ARTE DE APRENDER JUGANDO

Es difícil saber cuando empezamos a jugar los humanos, ya que en los yacimientos que se trabajan no se pueden encontrar materiales orgánicos que desaparecen o desintegran con el paso del tiempo, pero lo que sí sabemos es que los primeros juguetes registrados como tal datan de la antigua Mesopotamia hace más de 5000 años y sabemos que eran juguetes porque estaban tallados o fabricados a pequeña escala (barcos, muñecos…) También es cierto que se han llegado a encontrar piezas de piedra que con su reconstrucción han resultado ser pequeños cochecitos y otro tipo de juguetes.

Te preguntarás que tiene que ver todo esto con el juego y los juguetes actualmente. Es importante saber el origen de los juegos y juguetes para poder llegar a entender cómo jugamos en la actualidad.

El juego ha evolucionado continuamente y sigue haciéndolo ahora mismo en todo momento: empezamos a fabricar los juguetes en serie –cuando hasta entonces los fabricaba el propio niño o el adulto-, aparecen los juguetes eléctricos que supone poca intervención de niño ya que el juguete lo hace todo, aparece el plástico que disminuye los gastos y aumenta la producción de juguetes y juegos y ahora mismo todo lo virtual y las pantallas ocupan el tiempo de nuestros hijos.

¿QUÉ ES EL JUEGO?

El juego es la mejor forma de aprender por varias razones:

  • Es ejercicio físico y psicológico
  • Es un entretenimiento que ejercita capacidades, habilidades y destrezas
  • Es una actividad donde se emplea la imaginación y la creatividad
  • Es una herramienta terapéutica cuando es dirigido, para detectar patologías o dificultades en los niños
  • Es una actividad voluntaria donde la meta es la diversión
  • Es una actividad física espontanea de la cual de obtiene placer de inmediato
  • Es lo que viene después de la típica frase “me aburroooooo” y es importante permitir entonces que el niño busque formas de jugar
  • Es sinónimo de aprendizaje

Por esta última razón es por la cual no debemos menospreciar el juego de los niños y su momento, tiempo y espacio para ello. El juego debería ser:

Simbólico – Es decir, utilizar la capacidad de representación mental de un objeto y jugar con esa idea mental. En otras palabras: utilizar un objeto para otra cosa, por ejemplo una caja de zapatos puede ser un parking de cochecitos, una cuchara de madera puede ser una espada…

Funcional – Que puede utilizarlo para la vida diaria, por ejemplo una cocinita

Significativo – Es cuando relacionan el nuevo aprendizaje con lo que ya han aprendido, por ejemplo esa torre de cubos que se tambalea y acaba cayéndose; el niño cada vez la hará mejor y se le caerá menos

Heurístico – El que más me gusta, es cuando el niño aprende sin darse cuenta, cuando resuelve conflictos por medio de la creatividad, por ejemplo la típica cesta de los tesoros montessoriana.

Por ende, si el juego o juguete que tiene tu hijo ahora mismo en la mano no es nada de esto no puede considerarse un juego o juguete adecuado

¿CON QUÉ JUEGAN LOS NIÑOS?

Los niños se pasan la infancia jugando, durante ciertas edades no hacen nada más que jugar el 100% de su tiempo, todas sus acciones son juegos, pero la realidad de cada familia puede ser otra. Los niños juegan con:

– Lo que les ofrece la sociedad y la familia. Ya que ellos mismos no pueden elegir; y nos podemos encontrar con cantidad de regalos con los que luego no juegan. Además la sociedad presenta juegos y juguetes sexistas (disfraces para niñas y niños, cuentos para niñas y niños, cochecitos para niños, plancha para niñas…) y los catálogos a los que acceden nuestros hijos están plagados de discriminación de género. Se añaden los juguetes cargados de estímulos – colores con música, voces…- que sobreestimulan y no facilitan un desarrollo sano.

– Con materiales reales. Con casi cualquier objeto que tengamos por casa desde fiambreras, cucharas de madera, tapas, pinzas a trapos de cocina, etc. un buen recurso es tener un cajón de la cocina destinado a nuestro pequeño explorador con objetos seguros.

– Con la comida. El niño juega con la comida, sin duda, sobre todo si se practica la alimentación autorregulada por el bebé o Baby Led Weaning ya que lo que le supone a nivel de desarrollo cognitivo es muy grande, además estimula los sentidos –texturas, colores, sabores…-, enseña las primeras clases de física al lanzar la comida desde la trona al suelo y observar que ocurre con ella, aprenden a gestionar emociones –desde el asco a la frustración cuando no consiguen agarrar bien un alimento-, adquieren mayor gusto por la exploración, aprenden a hablar más rápido –el trabajo muscular a nivel orofaringeo que se hace no tiene precio-, permite que el niño sepa cuando está listo para empezar la alimentación complementaria –interñes por la comida, coordinación mano-ojo-boca, reflejo de extrusión…

– Con el propio cuerpo. Está demostrado que durante el embarazo el bebé ya juega con su propio cuerpo, el cordón umbilical, el líquido amniótico, etc. Además de la estimulación multisensorial tan rica que proporciona: placer, dolor, sabores, texturas, conocimeinto del propio cuerpo, diferenciación de su cuerpo y el de otros, y se motivan a explorar el mundo de les rodea con más ahínco. Permitir que el bebé esté desnudo todo el tiempo posible para permitir que se autoexplore es el principio de juego

JUEGOS NO APTO PARA ADULTOS

Hay varias formas de juego que para un adulto no lo es, o le cuesta verlo como un juego, porque al crecer perdemos ese preciado instinto de diversión y nos volvemos más serios, aun sabiendo que jugando lo aprendemos todo mejor!

Jugar con la comida. Como decía antes, comer es un juego pero ver a nuestro bebé cubierto de espaguetis no nos hace mucha gracia.

El juego simultaneo. Jugar con varios juguetes o juegos a la vez. Tenemos la manía de, cuando nuestro hijo está haciendo un puzle y quiere jugar con otra cosa, hacerle recoger antes el puzle. El juego simultaneo debe permitirse todo lo posible porque despierta la creatividad y la imaginación a niveles inimaginables. Un juego simultaneo típico en mi casa son los playmobils y la plastilina.

Jugar con objetos o cosas que no son juguetes. Jugar a pintar piedras, apilar palos para montar un fuerte…los adultos no solemos jugar como los niños y nos cuesta desprendernos de esa seriedad que no permite a la imaginación florecer.

Utilizar un juguete para una finalidad diferente para la cual fue creada. Mi hija coge rotuladores de color y se pinta el cuerpo. El rotulador es para el papel, ¿no? Pues no tiene porqué, y este solo es un ejemplo, los adultos solemos soltar frases del tipo “esto no es para jugar” y para los niños es una oportunidad de diversión y aprendizaje.

Realizar las tareas del hogar. Poner la mesa, la lavadora, tender la ropa, cocinar…los adultos no vemos como un juego estás acciones, pero los niños SÍ.  

¿QUÉ ENSEÑAN EL JUEGO Y LOS JUGUETES?

Ya hemos visto la cantidad de cosas que se aprenden con el juego y los juguetes, pero hay mucho más:

– Frustración. Cuando nuestro bebé está jugando con su torre de cubos y uno de cae y empieza a enfadarse y a llorar, nosotros corremos hacia él para socorrerle y ponerle la torre bien, pero no nos paramos a pensar si nos ha pedido ayuda. La mayoría de veces solo se enfadan y en rato vuelven a jugar sin más problemas, debemos valorar si estamos interfiriendo en esa emoción.

– Desarrollo cognitivo. Todo lo que se aprende jugando se asimila mejor y de una forma más eficaz, además de existir una construcción y desarrollo de la inteligencia más elevados

– Desarrolla la autonomía. Cuando un niño aprende a jugar solo, es cuando estará preparado para aprender a jugar con otros niños. Por eso no podemos forzar el trabajo en grupo, por eso las guarderías no son el mejor sitio para enseñar autonomía.

¿CÓMO ACOMPAÑAR EL JUEGO?

Aunque parezca una acción muy sencilla, para un adulto no es nada fácil permitir el juego libre, ya que intentamos estar pendientes del niño y sus movimientos y les ayudamos a la primera de cambio sin esperar un poco para ver como se desarrolla el juego y el niño, acompañaremos el juego…

– Sin interferir. O lo mínimo posible. Observamos y esperamos, si el niño no nos pide ayuda – y sabemos distinguirlo perfectamente- no ayudaremos y dejaremos que el niño resuelva ese conflicto solo.

– Acompañando la frustración. Parece fácil pero tendemos a decir frases como “no pasa nada”, “no llores por esto”, “no te enfades por esta tontería”…y les hacemos entender que frustrarse no es bueno. Si a nuestro hijo le cuesta meter una pieza en un encaje y se enfada y la tira, no hace falta hacer absolutamente nada

Prever los peligros, procurando un ambiente y entorno seguros. Cables, enchufes, jarrones…para que nuestro pueda moverse libremente por la casa sin tener que ir detrás apartando los cactus, adaptaremos el entorno para que pueda explorar sin peligro

– No convertir las tareas del hogar en una obligación. Si invitamos a los niños desde muy pequeños a realizar las tareas de casa, podemos convertirlos en grandes colaboradores con la familia

Si nos tenemos que quedar con una sola frase que sea esta: cuanto más haga el juguete, menos hará el niño

Mo Queralt

LA PREADOLESCENCIA, ESA GRAN DESCONOCIDA

LA PREADOLESCENCIA, ESA GRAN DESCONOCIDA

 

Antes de adentrarnos en el gran reto de la preadolescencia debemos saber la importancia que tiene tener una infancia saludable para que se de una preadolescencia y una adolescencia igualmente saludable. Todo empieza desde el nacimiento. Sabéis lo que me gusta a mi hablar de crianza respetuosa y de como un niño se va formando durante años para legar a ser el adulto que es y que todos los factores que intervienen (familia, escuela, amigos, entorno cultural, etc.) condicionan la clase de vida y la personalidad que tendrá. 

El cambio de la infancia a la preadolescencia y posteriormente a la adolescencia no suele ser fácil. Para nadie. Descubrimos un hijo que antes no habíamos visto y difícilmente podemos recordar nuestra propia experiencia a esa edad, tal vez por eso nos resulte tan complicado empatizar con una persona que pasa por dichos cambios tan transcendentales. 

Esta etapa se ve inmersa en numerosas transformaciones a nivel cognitivo, conductual, físico-biológico (sexual), psicológico y social que le aventura en el mundo del adulto hasta ahora desconocido. Las hormonas, los pensamientos que vienen y van a una velocidad de vértigo, le permitirán adaptarse como puedan a las tareas intelectuales típicas de los adultos.

La edad a la que ocurre depende de varios factores pero suele darse de los 9 años (como algo precoz) a los 12-15 años, justo antes de la adolescencia y la presentan las niñas antes que los niños. Ese niño deja de ser niño y mentalmente debe aceptar ciertos cambios que la sociedad no ve con buenos ojos: los preadolescentes y los adolescentes son las personas más incomprendidos en su etapa más vital.

Los cambios a los que se enfrentan no cuentan normalmente con el apoyo del resto del mundo (¡o ellos lo sienten así!), entran en un duelo por un cuerpo nuevo (alteraciones físicas y fisiológicas que vuelven frágil la autoestima por la importancia de su imagen personal) y la infantilidad en relación a los progenitores deja de ser la misma que hasta entonces. El autoconocimiento es confuso y a su vez descubren gran número de limitaciones y posibilidades a explotar.

Siguen siendo niños desde un punto de vista mágico, que aun perdiendo esa inocencia, están a medias entre un niño y un adulto; las órdenes y exigencias de los padres no se aceptan con la facilidad de antes y empiezan a preferir la compañía de sus iguales, empezando su camino hacia una verdadera independencia.

¿Cómo sobrellevar la preadolescencia y ayudar a un preadolescente?

Los sentimientos están a flor de piel y la delicadeza con la que gestionemos los conflictos que surjan marcarán un antes y un después en la vida de los miembros de la familia, irá modelando su madurez emocional (sumamente importante respetar este punto) que dependerá de las relaciones familiares y de su entorno.

Lo que enseñemos en la infancia dejaremos de verlo en la preadolescencia y la adolescencia, pero resurgirá con fuerza cuando pase a la edad adulta y todo lo aprendido desde el amor, el cariño y la paciencia, todos los principios y valores aparecerán para quedarse.  

Me gustaría decir que lo poco que podemos hacer para paliar los efectos de esta etapa es dar libertad al preadolescente y dejarle tranquilo, pero sé que eso no es suficiente para ningún padre, así que ahí van unos cuantos consejos para afrontarla:

  • Escuchar

Tan sencillo como escuchar los sentimientos y deseos de los hijos sin esperar a dar nuestro discurso. Muchas veces las personas hablamos solo para desahogarnos, no queremos consejos ni sermones solo ser escuchados.

  • No juzgar

Cuando recibimos información de nuestros hijos debemos mantener el tipo y evitar prejuicios, si queremos que nos cuenten las cosas más íntimas tenemos que empezar por aceptarlas y ya las trabajaremos en su momento pero es primordial dar rienda suelta a su discurso para saber qué necesita nuestro hijo, que le incomoda, que le hiere a nivel emocional, que le hace feliz…A esta edad son especialmente sensibles a las críticas.

  • No aconsejar

A no ser que él nos pida consejo, no darle consejo si no lo ha pedido, en su lugar pregunta de forma reflexiva, no es mismo decirle «esto está mal» que «¿cómo crees que debe valorarse esto?» y permitir que el mismo preadolescente se responsabilice de sus conductas y sus actos

  • Formula preguntas abiertas

No preguntes cuestiones que den respuesta cerrada de SI o NO, por ejemplo «¿Cómo estás?» sino preguntas que den argumentos e información más concreta y profunda, por ejemplo «¿Cómo te has sentido?»

  • Evita la pregunta que empiece por «¿Por qué….?»

Cuando preguntas los porqués estamos pidiendo una explicación, por ende una posterior opinión o sermón. En su lugar cámbialo por «Qué…», «Cómo…», «Cuando…». Ejemplo: no es lo mismo decir «¿Por qué has hecho eso?» que «¿Qué te ha llevado a hacer eso?

 

La preadolescencia y su lado positivo

No sabemos aprovechar este gran cambio en nuestro beneficio familiar, nos aterramos ante la idea de la futura preadolescencia y mucho más en la adolescencia. Nuestro hijo está viviendo una crisis existencial y solo se nos ocurre tachar al preadolescente de inmaduro, rebelde, intransigente, desobediente, contradictorio, etc. La sociedad nos la vende muy mal…

¿Habéis oído alguna vez adjetivos positivos para la preadolescencia y la adolescencia? En esta etapa están más abiertos que nunca, pero con una facilidad para cerrarse en ellos mismo pasmosa. Por eso debemos aprovechar esa obertura para llegar a nuestros hijos y evitar que se alejen todo lo posible.

Ahora puedes mantener una conversación de calidad por el pensamiento abstracto típico de la preadolescencia, hablar de sus más temidos miedos y contener y apoyar sus sentimientos y emociones,  es el momento ideal para integrar en su cabeza la importancia que tienen para ti y soltar un «te quiero y te necesito en mi vida» para valorar y elevar esa autoestima que pende de un hilo, la dependencia a la que caminan nos permite relajarnos un poco más como padres, se encuentra en un estado de labilidad emocional muy interesante (supone cambios emocionales más bien bruscos que pueden pasar de la alegría a la tristeza y viceversa en un abrir y cerrar de ojos).

La preadolescencia es el principio de la adultez, nos muestra como empezarán a ser nuestros hijos y no podemos ignorar o censurarla, si no acompañarla y disfrutarla en todo lo posible, haciendo partícipes a los hijos en las gestiones familiares, teniéndolos en cuenta para tomar decisiones y hacerles ver que siempre estaremos ahí, pase lo que pase y sean como sean. Esta etapa pasa, igual de la de las «rabietas», igual que todas en definitiva. Solo necesitamos un poco de empatía, paciencia y entendimiento.

Mo Queralt

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