A día de hoy llevamos casi tres meses de confinamiento (hasta que los niños han podido salir a ciertas horas del día) y aunque la convivencia puede complicarse por momentos, también se puede procurar que los hijos tengan una infancia digna y feliz, con sus altibajos, sus conductas y comportamientos indeseados típicos de los niños y sus demandas.

Hay una serie de cosas que hacen los adultos que complican la convivencia con los hijos, estén o no confinados; pero ahora más que nunca, puede afectarles. Si no se trata a los niños como a personas que no se enteran de que está pasando, se pueden tener en cuenta sus derechos, sus emociones, sus enfados…etc.

Vamos a por la lista de acciones que interfieren en la armonía familiar, si necesitas ayuda para gestionar cualquiera de ellas, sabes donde encontrarme: 

Gritos

A nadie le gusta que le griten. El grito ni educa ni enseña nada más que a temer al adulto. Es una forma de desahogarse y en los niños se puede ir gestionando con cariño y paciencia, pero el adulto que grita, transmite inseguridad, descontrol y poca confianza. Trabaja en ello, es una inversión de futuro.

Amenazas

A nadie le gusta que le amenacen. La amenaza se utiliza para conseguir lo que el adulto quiere, según su criterio, pero tampoco educa ni es pedagógica, sobre todo si se utiliza el chantaje emocional. El niño actuará para evitar que se cumpla la amenaza pero jamás aprenderá el valor de comportarse correctamente en ese momento. Una vez más la amenaza provoca en el niño la sensación de inseguridad, descontrol y poca confianza en el adulto, que a ojos del niño parecerá no tener recursos para educar y gestionar los conflictos, es el camino fácil, no el correcto.

Castigos y premios

A nadie le gusta que le castiguen. Las consecuencias insanas y poco naturales del castigo por hacer algo “malo” y el premio por hacer algo “bueno”, conseguirán en el niño que obedezca para obtener premio o para evitar el castigo, nada más ni nada menos. Como en los gritos y las amenazas, ni son educativos ni van a enseñar al niño más que a mentir y a no ser descubierto, o a mentir para conseguir un premio nada merecido.

Comparaciones

A nadie le gusta que le comparen con nadie. Como bien dicen las comparaciones son odiosas y pueden llegar a crear en el niño un sentimiento de celos y agonía por no ser como “el otro”. Esto además se suma a una baja autoestima, poco amor propio y no estar satisfecho consigo mismo. Jamás será suficiente para ese niño ser quién es. No compares, es así de simple y así de fácil.

Agresiones

A nadie le gusta que le agredan. Hay artículos enteros sobre este tema y miles de estudios que ponen la piel de gallina. A las personas no se las pega. Punto. Si pegas a tu hijo, por favor, habla conmigo o con alguien que pueda ayudarte, o verás las consecuencias en tus hijos en un futuro muy cercano, y no te va a gustar lo que vas a ver. Pegar enseña al niño que así se solucionan los problemas, que puede pegar a los demás para enseñarles o conseguir lo que quiere y que es una forma normalizada de adquirir poder sobre los demás. De adulto posiblemente agreda a sus hijos porque es lo que hicieron con él y crea que es, no solo normal, si no preferible. 

Abuso de poder

A nadie les gusta que le dominen. Tu eres el adulto, no el niño, y como tal es tu RESPONSABILIDAD mantenerlo a salvo física y emocionalmente. No pongas excusas. Ser mayor, más grande, más experimentado, más listo, más experto y más inteligente te da todavía menos poder para abusar de tu autoridad. Precisamente con todo ese poder debes educar a tu hijo desde la compasión más profunda, demostrando tolerancia y entendimiento. Duros con el problema, suaves con las personas. 

Ir en contra de las necesidades del niño 

A nadie le gusta que le hagan ir a contranatura. La práctica de una crianza irrespetuosa que obliga a los niños a comportarse como adultos, solo confunde al niño, que hará lo que le digan los adultos sin cuestionarse si es lo mejor para él. Por ejemplo: negarle el pecho si lo necesita, no dejarle dormir con nosotros y obligarle a dormir solo aunque él no pueda o no quiera, dejarlo muchas horas en un lugar estático (parque de malla, trona, cochecito, etc), obligarle a comer…o cualquier cosa que haga sentir al niño que no tiene el control.

Exigir a los niños lo mismo que a los adultos

A nadie le gusta que le exijan lo que no sabe hacer o para lo que no tiene capacidad. 

Se suele pedir a los niños que entiendan a los adultos, que respondan a preguntas sarcásticas o irónicas sobre sus actos o conductas que no gustan ¡¿Por qué has hecho eso?! Y por el contrario, no se permite al niño que se encargue de lo que es capaz, inferiorizándolo o haciendo las cosas el adulto para ir más rápido. ¿Cuántas veces tu hijo ha querido llevar el vaso lleno de agua solito a la mesa? ¿Cuántas veces te ha dicho “yo, mamá, yo solito”?

No permitir ser autónomos

Como comento más arriba, no se le dan al niño responsabilidades de las que es capaz a partir de cierta edad, por ejemplo del hogar: poner un plato en la mesa, poner una lavadora, tender y doblar su ropa… Por otro lado se les corrige por estas acciones si no las realizan como el adulto, cuando lo importante es que las realicen y vayan congiendo confianza y práctica. 

Ser negligentes o por el contrario, sobreprotectores

La negligencia supone lo contrario de la protección. No es saludable, pone en peligro la salud física y mental de los hijos y les deja totalmente desprotegidos emocionalmente, sin recursos para la adultez. La sobreprotección no permite un desarrollo natural, impidiendo al niño vivir experiencias que no son peligrosas, por un miedo injustificado del adulto. 

Autoritarismo en lugar de autoridad 

Estos dos conceptos pueden parecer iguales pero son muy diferentes. Ejercer el autoritarismo no permite al niño encontrar sus propios límites, se rige por normas y leyes que crea el adulto sin conceder al niño la duda, el juicio y la sentencia los declara el adulto, la opinión del niño no cuenta ni en las decisiones que le conciernen. En cambio, la autoridad marca unos límites sanos, para dar seguridad al niño y que no entre en un bucle de descontrol que pueda dañarle o dañar a otros. Los límites se marcan porque se piensa en la seguridad del niño, permitiendo que cometa errores.

No permitir al niño ser quien ha venido a ser

A nadie le gusta que le hagan ser lo que no es. Las personas nacemos con un carácter y una personalidad que va acentuándose o creciendo durante la infancia hasta la adultez, se nace y se hace. Si el niño es un líder, le gusta “mandar”, se le da bien llevar un grupo de niño hacia una acción concreta, etc. no se le debe cortar las alas a su liderazgo, por el contrario, se le debe enseñar a ser un líder justo y benévolo.

La crianza no es fácil, los padres deben lidiar, no solo con el propio carácter (no llegamos a conocernos ni a nosotros mismos ni a controlarnos en muchas situaciones), sino con la de los demás miembros de la familia. Convivir con diferentes personalidades puede ser muy agotador, pero la situación se complica por momentos si para educar: se grita, se pega, se compara, se amenaza…y toda la lista nombrada. 

Como adultos está en nuestras manos tratar de darles a los hijos una infancia en la que recuerden más momentos agradables y afectuosos, de risas más que de lloros, de amor y menos de miedo, de contacto visual para acariciar no para reprender. Puedes empezar hoy mismo.

Mo Queralt

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