GESTIONAMOS MAL LAS EMOCIONES DE LOS NIÑOS

Publicado en Jun 6, 2018 | 0 comentarios

GESTIONAMOS MAL LAS EMOCIONES DE LOS NIÑOS

Si no os lo creéis, ¡seguid leyendo! Porque se gestionan muy mal las emociones de los niños, o peor, muchas veces ni se gestionan ya que, directamente no se atiende la emoción, ignorándola.

Cuando los niños están contentos, son “buenos” y obedecen no hay problema, pero en cuanto sacan las emociones que no nos gustan, las emociones desagradables (enfado y frustración, tristeza y lloro…) los padres se transforman y sacan lo peor de ellos mismos y en lugar de mantener la calma, se unen a su disgusto y empeoran la situación.

Como seres humanos sociales revivimos lo aprendido y no tenemos recursos ni herramientas para trabajar con los sentimientos y emociones propias y de los demás. En definitiva tenemos una inteligencia emocional bastante baja.

Si ya nos cuesta a los adultos descubrirnos y aprender de nosotros mismos, ¿cómo no va a costarnos encargarnos de las emociones de nuestros hijos?

¿Cuáles son las consecuencias de gestionar mal las emociones?

  1. Los niños lo harán igual de mal o peor de adultos. Lo que ven es lo que aprenden y aunque durante su vida vayan aprendiendo nuevas formas más saludables de gestionar las emociones, siempre deberá haber un trabajo previo de desaprendizaje. Y eso si ocurre, porque también deben haber ganas de cambiar y reconocimiento de que las emociones tienen que ser acompañadas. Y muchas familias creen que hacen bien dejando llorar a sus hijos solos o corrigiéndoles si se enfadan.
  1. Se crean traumas. A nivel psicológico ocurren muchas cosas, entre ellas el creer que es correcto ignorar o corregir las emociones desagradables, sin tener en cuenta más opciones. En definitiva, normalizamos esa forma de hacer.
  1. Una adultez muy complicada. Cuando censuramos o atacamos la emociones como si fueran malas y tuvieran que erradicarse ocurre lo siguiente: el niño crece moldeando el cerebro y le afectará en varias situaciones en su vida, como en la toma de decisiones, la tolerancia al estrés, la necesidad de enfadarse para “sacar”(provocando situaciones para estallar)…

Muchísimos padres no son nada empáticos con los niños, no dan importancia a sus problemas porque los comparan con los suyos y los lleva a frases del tipo: no llores que no pasa nada, eso no es nada, eso no duele, si lloras no te doy…, te quito…, no te llevo a…, si lloras nos vamos…, mira que feo estás llorando, no llores o…., si te enfadas…, las niñas no se enfadan, los niños no lloran…

Todas ellas complican la situación, siempre. Nunca ayudan en nada ni educan un ápice a los niños.

Las frases prohibidas

Aquí van frases reales que escucho demasiado a menudo, de hecho las oigo en un porciento mayor (bastante más mayor) a las frases positivas:

– No llores. No te enfades. Que es lo mismo que decir “no sientas”, que enfadarse es malo, está mal visto.

– Cómetelo todo. No es una frase sobre gestionar emociones a primera vista, pero tiene mucha relación. Alabar a un niño para que compita a comérselo todo consigue que coma sin hambre y que coma solo para satisfacer a sus padres, no a sí mismo, de este modo deja de escuchar sus necesidades. Además si llenamos el plato demasiado y no se lo acaba provocamos sentimiento de frustración que lleva a creer que no son capaces de conseguir hacer felices a sus padres. Y este, señores y señoras, no es el objetivo de la educación. Provocamos frustración, poca tolerancia a la misma y sentimiento de culpa.

– Me pones nervioso. Es muy injusto culpar a los niños de nuestro estado de ánimo, ya que no depende de la conducta en sí, sino de quien la vea. Sería más correcto decir “Me pongo nervioso”.

– En general las frases en forma de amenazas, sarcasmos, ironías (como las nombradas antes) no funcionan, además de no ser entendidas por los niños. Las amenazas solo frenan la conducta del niño por momentos pero no educa ni enseña para la próxima, es un recurso cruel y nada efectivo.

¿De qué dependerá como gestionemos las emociones de nuestros niños?

– De nuestro estado de ánimo. No veremos con los mismos ojos una rabieta en el súper si vamos con prisas, cargad@s con la compra, etc. que si estamos de buen humor, tranquilos y descansados. Evidente, ¿no?

– De nuestra paciencia

Dependiendo de nuestro carácter o personalidad tendremos una tolerancia al estrés más alta o más baja. Hay padres muy pacientes con niños muy demandantes y padres menos pacientes con los niños igual de demandantes, o padres con un hijo muy tranquilo y un segundo más demandante con el que descubren hasta donde llega la paciencia.

– De nuestro cansancio del día

Las emociones desagradables se gestionan peor al final de día, cuando ya hemos trabajado, estamos cansados y toca rutina de duchas, cena, cuento…

– De cómo nos criaron nuestros padres

Cómo nos educaron condicionará cómo educamos, sin duda. Para bien (yo no quiero educar como mis padres porque me pegaban) o para mal (yo pego a mis hijos porque mis padres me pegaban y he salido bien).

Preguntémonos algo: ¿Cuál es el objetivo de corregir a los niños, reñirlos, ponerles rutinas, incluso cuando castigamos? Cuando intentamos educar el objetivo es el mismo: que aprendan y sean buenas personas, que mejoren su vida, no hacértela a ti más fácil. Porqué si fuera así, si el objetivo es vivir mejor nosotros sin importarnos el futuro de nuestros hijos, la humanidad no tendría razón de ser.

No es suficiente con decir no pegues, no muerdas, eso no se hace, no toques, para de hacer eso… Porque todo esto está vacío de significado, no aporta nada al niño, no le educa, no le enseña lo que SI debe hacer, no le enseña qué se espera de ellos: que sean buenas personas, que sean respetuosos. Por eso siempre será más educativo decir “trata bien a tu padre” en lugar de “no muerdas a tu padre”.

Además cargamos al niño de culpa, no le hacemos responsable de sus actos, le hacemos culpable y de este modo creerá que es mala persona, por lo tanto acabará actuando como tal.

Tenemos que saber que los niños a edades tempranas o cuando aún no pueden hablar o hacerse entender, expresan sus deseos, lo que quieren y desean, con conductas y emociones, por ejemplo si no quieren pintar más pueden tirar todo al suelo. Ahí debemos aprovechar el momento y vincular al niño a sus emociones, preguntarle “¿estás cansado?” o decirle “veo que estás cansado, vamos a…” para que empiece a reconocerse y descubrirse, aprenda sus emociones y qué le llevan a hacer, validarlas y ponerles nombre para las próximas veces.

Como no se sabe acompañar una emoción desagradable (porque nos irrita, vemos sufrir al niño, etc.) en la mayoría de los casos, actuamos de forma incorrecta para intentar educar, como por ejemplo:

– Hacer pedir perdón cuando el niño le hace algo a alguien.

Esa manía tan dañina para el niño está a la orden del día “pídele perdón y dale un beso”. Eso solo enseña a no ser sincero, a actuar para tener el reconocimiento del adulto pero no saben porqué piden perdón. ¿Cómo lo hacemos entonces? Pues formulando las tres preguntas clave: 1. ¿Te gustaría a ti ese trato?, 2. ¿Crees que le gusta a esa persona ese trato? Y 3. ¿Qué podríamos hacer para hacer sentir mejor a esa persona a la que hemos dañado?

 

– Que den las gracias.

Os parecerá demasiado sencillo pero la única forma de tener hijos agradecidos es ser agradecidos con ellos. Dar las gracias por todo lo que se quiera agradecer, por su ayuda, su apoyo en algo, etc. Y ocurre la magia…el niño aprende a dar las gracias por todo. Prueba y me dices.

– Pedir las cosas por favor

No tiene truco, más de lo mismo. En definitiva es dar ejemplo, que parece fácil pero no lo es tanto, ¿verdad?

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Mo Queralt

 

 

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